El sentido de la cooperación en las primeras etapas infantiles (por Esperanza Chacón)

Written by Transformandonos

La mayoría de los papás, mamás y adultos que acompañan en la crianza de niños y niñas,
con frecuencia se pregunta: ¿cómo se desarrolla el sentido de la responsabilidad en los niños y niñas? ¿En qué momento empieza de manera auténtica y natural la colaboración? Estas inquietudes surgen especialmente cuando queremos acompañarlos con respeto, sin caer en “la obligatoriedad”.

El ser humano, al tomar contacto con el mundo real, depende de las oportunidades que le ofrece el entorno al que siente pertenecer. Es un hecho, que la familia se convierte en su hábitat (espacio físico-casa) que incluye también a papá y mamá. Estos son referentes claros para que la criatura logre sentirse segura y confiada.

La satisfacción de necesidades de crecimiento, tanto de sobre-vivencia como de realización personal, se da a través de las acciones con sus consecuencias, de los referentes concretos y valores que se les proporciona en el hogar, los que a su vez deberán corresponder con el estado de madurez.

Para llegar a ciertas aproximaciones sobre cómo convivir en ambientes preparados con armonía, es preciso que tomemos en cuenta el respeto a la autonomía de las criaturas  como base principal para el desarrollo de la cooperación y el sentido de la  responsabilidad.

La evolución y el desarrollo de la humanidad son aspectos muy útiles para el abordaje de este tema. Como expone Humberto Maturana, “(…) el ser humano es un ser social por naturaleza”. Por lo tanto, se desarrolla en contacto directo con las personas de su  entorno familiar principalmente.

Las relaciones sociales son complejas. Dependerá de nuestra madurez emocional, del espacio social en el que nos relacionamos y, de la posibilidad de activar nuestros  mecanismos de regulación emocional para estar disponibles a un contacto con los demás. Es importante enfatizar que las primeras relaciones con las otras personas nos proporcionan referencias claves para iniciar una relación social. En el período maternal, el vínculo vital entre la criatura y su madre determina la calidad de conexión y comunicación entre ambos. Cuando se toma en cuenta a la criatura, él o ella nos dará señales de estar en contacto con nosotros.

Es básico utilizar un lenguaje verbal descriptivo (detallar las situaciones en su contexto en el mismo momento que van ocurriendo), cuando se atiende en la alimentación, aseo personal o se le proporciona cariño.

Es indispensable tomar en cuenta el estado de maduración emocional, social y cognitiva de las criaturas para que la comunicación sea apropiada. A veces utilizamos un lenguaje inadecuado (explicaciones lógico formales) que no son entendidas. Por el contrario, expresarnos con palabras claras acompañado de expresiones corporales y gestos ayuda mucho, especialmente si nos dirigimos a las criaturas en los primeros años de vida. Aunque en ciertos casos ya pronuncien claramente las palabras, no entienden su significado.

Para acompañar al niño en el desenvolvimiento de su plan interno, es fundamental contar con una presencia consciente por parte de los adultos responsables de su cuidado. Sería ideal que estas experiencias las viva con lo que se denomina “Presencia consciente”, que facilita dar una atención de calidad.

Así también son importantes algunas regularidades -rituales, ritmos y secuencias- que le permitan tener la seguridad de que suceden y de que son permanentes; esto ayuda a madurar la estructura temporal. Además incorporar gradualmente pautas que promueven una relación de respeto a su autonomía es una verdadera aventura. Por ejemplo, cuando lo vestimos esperamos que él o ella dé el primer paso, para que sea una colaboración auténtica. Al inicio lo hará con expresiones no verbales, que pueden ser: un gesto, un movimiento muscular -pataleo- un sonido o un llanto. Una vez que se perciben y reciben sus señales, se convierten en una referencia concreta de disponibilidad o de recogimiento. Entonces procedemos a vestirlo, bañarlo o alimentarlo, etc. Al estar atentos a su estado emocional, sentiremos su intencionalidad o su aceptación, lo que demuestra que empieza a tener las primeras vivencias de colaboración entre ambos.

Estas necesidades de sobre-vivencia son los primeros contactos con la criatura, que nos dan la oportunidad para comenzar a fomentar la cooperación mutua de manera natural.

Una atención de calidad también requiere que de antemano el adulto sienta cuál es su estado emocional, para tener una actitud abierta a percibir y escuchar sus necesidades en el momento preciso. Obviamente, cuando lo asistimos estaremos interesados en ver su rostro, enfocando nuestra mirada a la suya, -casi en un embelesamiento mutuo– para dar paso a avisarle que vamos a hacer. Además es importante que le preguntemos si le agrada lo que hacemos. Por lo tanto, ya que le preguntamos, esperamos a que nos de señales de que ha captado nuestro mensaje.

Entre las diferentes informaciones del instituto Loczy de Budapest a las que he tenido acceso, la atención de una madre cuidadora -adulto que atiende a los bebés- respeta su autonomía y disposición, no solo corporal sino emocional. En este ambiente que acoge a niños y niñas en situación de vulnerabilidad, se les proporciona cuidados personales con  lo que se denomina “atención no dividida”. En estas circunstancias se observa una amplia expresión corporal por parte del adulto, con gestos que describen situaciones concretas, que refleja una comunicación sincera, que son a la vez expresiones de nuestros deseos.

Progresivamente sentimos la apertura de una criatura cuando colabora en sus propios cuidados de manera tranquila y confiada, siempre que el adulto entre en sintonía. Por consiguiente, existe armonía en el ambiente, que le da bienestar, que lo lleva a distinguir cuáles son sus deseos y necesidades.

No desestimemos que el ser humano en su infancia percibe los estados de ánimo de los adultos, por lo que es susceptible a los cambios de ánimo y carácter de ellos. Las investigaciones científicas evidencian que la estructura neuronal que está en mayor operatividad y desarrollo, es el sistema límbico, el campo de las emociones, sensaciones y motricidad (fuente: El Cerebro Trino, Paul MacLean). Frente a un adulto cargado de emociones tensas, puede ser que el niño se retraiga, se proteja o active algún mecanismo de defensa. En estos momentos no podemos esperar que colabore, y resulta contraproducente si lo motivamos o estimulamos para que se comporte de la manera que queremos.

En los momentos donde no sentimos correspondencia entre el ritmo de la criatura y el nuestro, es necesario detenernos – desacelerar -, si es necesario le pediremos disculpas en caso de que no estemos respetando su ritmo. Tal vez no entienda el significado de  nuestras palabras, pero sí el sentido de nuestro tono de voz y la disposición corporal.  Porque el meta-lenguaje es en esencia un conjunto de señales que expresan emociones y sentimientos.

El Niño por naturaleza es activo y coopera, disfruta de la compañía de los adultos: en los rituales de las necesidades de sobre-vivencia: emocional, cuidado personal, alimentación y en sus necesidades de realización personal: cognitivas -sensoriales, motrices, operativas- y sociales. Cuando observamos las actividades que realiza en secuencia y también sus estados de madurez notamos que la primera responsabilidad que tiene es consigo mismo.

A medida que avanza en su crecimiento, el sentido de responsabilidad se transfiere
también a sus cosas personales. Se sabe que los objetos que posee los siente como una
prolongación de sí, por su estado de egocentrismo natural, característica de la primera
infancia. Sus juguetes, sus objetos personales, también su mamá y papá son de él o de ella. Recuerdo que una niña pequeña siempre se refería a: “mi mamá, mía de mí”, totalmente suya. El sentido de pertenencia es intenso. Por esta razón y no por otra, sus cosas personales son su segunda responsabilidad: dejar los juguetes en su lugar, lo que usa lo devuelve a su sitio, entre otras reglas.

Los niños y niñas pequeñas necesitan un acompañamiento cercano y constante para asumir las consecuencias de sus actos; en reiteradas ocasiones será oportuno que hagamos las cosas por ellos. Sin problema hagámoslo, pero reconociendo que es el inicio de un proceso que se desenvuelve progresivamente y avanza en el día a día. De esta manera aprovechamos para acompañarle paso a paso.

¿A qué niño o niña no le gusta lavar la vajilla, barrer, trapear, cortar verduras, etc.? Ellos y ellas imitan lo que su papá o su mamá hacen.

Aclaramos antes que “ayudarnos en las tareas del hogar”, responde a una necesidad auténtica: la sensorial en combinación con la necesidad motriz. Además que los ejercicios de la vida diaria le aportan, para adquirir experiencia propia y habilidades que implican motricidad fina y gruesa paulatinamente. Tratemos de aceptar su compañía en las actividades cotidianas, no como un impedimento para hacerlo con eficacia, ni como una pérdida de tiempo, sino como una oportunidad para facilitar que active su infinita potencialidad interna. Veremos que éste hacer en si mismo, le proporciona placer.

Cuando empieza algo propio y llega a terminarlo sin interferencias, surge el orden propio de manera natural. Por consiguiente, comienza a dejar todo en su lugar. Esto depende si hemos tenido la paciencia para estar con él o ella sin apurarle. Hemos visto que el caos se produce justamente cuando hay interrupción a una actividad o, también porque responde a expectativas y ritmos de las otras personas.

Recordemos que para la atención a niños y niñas no funcionan “los métodos”, menos si queremos obtener resultados inmediatos, por el contrario el procedimiento trata de  sentar las bases y referencias si es posible paso a paso. Por eso, la actitud paciente del adulto contribuirá a que el niño o niña mantenga el deseo de colaboración.

Por lo expuesto, es importante que los adultos que los acompañan procuren calmar sus apuros y tensiones; para en estado tranquilo, sentir una real disponibilidad, esto no impide ser auténticos.

Reiteramos que si los adultos de referencia cooperan con él o ella con una actitud tranquila en este misterio que representa el despliegue de su vida y atiende a sus necesidades de sobre vivencia y de realización personal con amor y respeto, esto lleva implícito que en algún momento de su desarrollo, él o ella también lo hará con nosotros. Esto dará lugar al surgimiento de la cooperación mutua de manera espontánea. La clave, “una actitud paciente para acompañar sin interferir”.

Por: Esperanza Chacón
Julio 2017
Costa Rica

Si quieres saber más sobre cómo acompañar los procesos de la infancia desde el respeto y la comprensión no dejes de ver lo que te traigo en el Módulo 3: Transformación docente: nuestro papel adulto en la relación con la infancia del Campus Virtual TFN. Tanto si eres profe como si eres madre o padre, este módulo está especialmente diseñado para mejorar tu relación con los niños y niñas de tu entorno. A través de la reflexión nos sumergiremos en temas como el respeto a las etapas de desarrollo de la infancia y cuál es nuestro papel como personas adultas.
Cambiaremos la mirada hacia una relación bidireccional entre la persona adulta y la niña, haciendo un análisis de lo que ambas necesitan. Es la ocasión ideal para reflexionar sobre tu práctica diaria y mejorar aquellos aspectos que no están funcionando.
Es un espacio donde adquirir recursos para poner límites, atenderles de manera personalizada y observar, en definitiva, acompañar a la infancia de una manera auténtica y respetuosa.
Estoy encantada de acompañarte en este precioso camino.

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