Relaciones sociales que respetan los procesos de vida. Por Esperanza Chacón

Written by Transformandonos

El ser humano es un ser social por naturaleza desde la relación con su madre en su primer contacto con el mundo creado por los de su misma especie. Desde el momento de la concepción las células -organismos que interactúan unos con otros-, requieren de un entorno adecuado para su desarrollo. Al respetar el principio de la vida: los procesos se desenvuelven desde dentro hacia afuera, en continuo acoplamiento estructural. Así también los organismos vivos para su reproducción, transformación y evolución se relacionan mediante la asociación, simbiosis y cooperación mutua, respetando la legitimidad del otro, para cumplir con su meta, la sobrevivencia de la especie.

Fuente: Humberto Maturana y Francisco Varela,
El árbol del conocimiento.

Al momento de la fecundación, en una danza cósmica, el espermatozoide que identifica las señales del óvulo, es quien tiene la posibilidad de entrar, y los demás espermatozoides que también han acudido a este encuentro, se aceptan en su diferencia, legitimidad y continúan emanando energía creadora para juntos dar origen a una nueva vida.

Siendo tan natural la interacción social en las diferentes etapas del desarrollo del ser humano, la mamá es el primer vínculo y referente social con la criatura. Los mamíferos dependemos de ese manantial cálido de ternura y caricia. Es en el contacto piel a piel del bebé con su progenitora, que se va activando el sistema límbico, estructura del cerebro que es el hogar de las emociones, de las sensaciones, de la motricidad y del campo sensorial. Del mismo modo, al depender el niño o niña de los cuidados para sobrevivir y para su realización personal que le proporcionan sus progenitores o adultos que lo cuidan, esta estructura núcleo se convierte en su hábitat.

De manifestarse el amor, como el elemento indispensable para un crecimiento sano en toda persona, este no debe estar condicionado al comportamiento, ya que no solo es una necesidad auténtica de desarrollo psicológico, sino como lo expresa Janov “el amor es una necesidad biológica”, si no existiera alguien que le proporcione, su vida está en  riesgo.

Cuando un hijo o hija se sienten aceptados y amados por sus padres desarrollan autoaceptación –amor para sí mismos-, ya que ellos son el primer referente social, que se convertirá en la herramienta de la que dispondrá para crecer sano y en armonía, tanto para en el presente como el futuro en su permanente construcción de relaciones sólidas y confiables con las otras personas.

Desde el paradigma de Respeto a Procesos de Vida, se trata de la fuerza del amor, que permite el desarrollo adecuado del ser humano, al llegar a ser tan solo una consecuencia de una praxis de amor –aceptación al otro tal como es. Como complemento es en el respeto a la autonomía a todo nivel (congnitivo, motriz, sensorial, operativo, social y emocional) que el individuo experimenta la creación de sí mismo. Los espacios que consideran la libertad en la autonomía y las interacciones sociales respetando al ser en expansión, como elementos complementarios permiten la realización personal de manera integral.

Cuando nuestros hijos e hijas tienen en su cotidianidad la oportunidad de estar, crecer, y madurar en espacios preparados, ya sean estos familiares, sociales o comunitarios respetando la naturaleza del niño, niña, adolescente o adulto, se favorece un óptimo desenvolvimiento, siempre que el adulto acompañante confíe en el potencial que existe en cada ser humano; por consiguiente, éste paradigma no se queda en un plano ideológico, o una “moda alternativa” sino que es una realidad palpable.

En el día a día en un espacio preparado, observamos que los niños, niñas, jóvenes y adultos experimentamos relaciones sociales con más calidad por la autenticidad con las que se expresan: no hay una disciplina impuesta, ni juicios de valor a culpabilidad, por el contrario hay acuerdos de convivencia; por lo tanto no hay castigos, sino consecuencias que son generadas por los propios actos, que tienen una relación directa con las acciones que realizan, es decir, muchos de ellos son inherentes a cada circunstancia o hecho. Por lo mismo, estos acuerdos de convivencia han sido conversados oportunamente, creándose espacios para comunicar: lo que nos gusta y lo que no nos gusta, un espacio para expresar lo que cada uno siente es importante, para que cada uno se sienta tomado en cuenta.

Los acuerdos de convivencia -conjunto de límites, reglas y consecuencias-, no son medidas disciplinarias o prohibiciones, desde este enfoque alternativo son una herramienta útil que garantiza la sobrevivencia, preserva la integridad de cada persona y proporciona armonía al espacio social en el que se participa.

Es necesario aclarar que no tenemos que inventar las consecuencias, pues estas son parte de las acciones, si lo inventamos no seremos coherentes. Por ejemplo: una niña riega sin querer el jugo; en primer lugar, es preciso identificar qué sucedió sin juzgar, eso ayuda mucho. Si es un accidente, un error que acaba de ocurrir, -que por lo general corresponde al estado emocional, madurez o situación específica-, no sería prudente que busquemos algo para castigarle: suficiente tiene al limpiar lo regado y la vergüenza que le hacemos pasar si no hemos sido prudentes. Evitemos sacar de la nada el darle la lección para que aprenda. El niño, que es inteligente por naturaleza, va asimilar la experiencia. Por lo general usamos coerciones y prohibiciones como: impedirle la experiencia de servirse nuevamente el jugo con autonomía o decirle, que no irá a jugar donde sus amigos, o, peor aún, decirle que es un inútil -bueno para nada-: expresión que claramente no solamente castiga sino también humilla.

Para ilustrar una regla y sus consecuencias. Un ejemplo muy común es cuando un niño toma los juguetes y nos los devuelve a su lugar. Para saber cuál es la consecuencia de no cumplir con una regla o acuerdo de convivencia tan básica como todo lo que se usa se devuelve a su lugar, es preciso saber su estado de desarrollo, su experiencia y especialmente su actitud que mucho depende de su estado emocional en el momento. Si es muy pequeño el niño, niña, 3 años para ser más específicos, el acompañamiento que le brindo es cercano y cálido, evito retarlo o cargarle con mis enojo para que no se asuste y, si es necesario lo hago por él, para que se cumpla con esta regla de casa y quede el referente claro.

En el caso de un niño de más edad – 6 años-, le recuerdo la regla y de paso le anticipo la consecuencia, si esta consiste en que “si no guarda no lo podrá usar por un lapso de tiempo determinado”, debo ser consecuente al cumplirlo, no amenazo en falso, y tampoco me dejo manipular. Un niño ya está anticipado o comunicado no tiene porque hacer un berrinche, va a expresar su disgusto obviamente, pero no va hacer crítico o traumático. Adicionalmente, está frente a dos opciones: guardar o no, esa va a hacer su decisión personal con las respectivas consecuencias.

Si creemos que la vida es un proceso, tengamos la confianza en que un niño o niña tiene la inteligencia activa y si es acompañado con respeto progresivamente va a interiorizar los acuerdos, limites y reglas. Solo aquellos niños o niñas que no son acogidos y aceptados activan mecanismos de protección, justamente para defender su integridad o para buscar atención que es una compensación.

A nivel emocional las experiencias emocionales mantienen coherencia consigo, cuando no tienen que hacer cosas para agradar a sus progenitores principalmente, al depender del amor que les dan sus padres y madres.

La necesidad de aprobación les pone en una situación de vulnerabilidad, ya que ponen en riesgo su libertad, su autonomía y se vuelven dependientes.

Un espacio preparado principalmente es libre de tensiones, cuando no existen presiones, expectativas, comparaciones, actitudes dominantes y coerción por parte de los adultos que acompañan sus actividades y procesos. Estas actitudes traen implícita la competencia, ya que cada persona lucha en su intento de sobre vivencia, anulando a quien se le presente a su paso.

En nuestro espacio social -Casa Sulà- no utilizamos herramientas para calificarlos, descalificarlos o evaluarlos. No existen ganadores o perdedores; ellos y ellas han percibido que se consume el tiempo en conflictos innecesarios que detienen sus actividades. Gradualmente ha ido desapareciendo la competitividad dando paso a la colaboración, por lo tanto surge la real naturaleza del juego, jugar por el gusto de jugar.

Al no haber calificaciones y, peor aún, descalificaciones -o las famosas “boletas de conducta”-, hay menos tensión, más cooperación y, respeto mutuo que trae consigo gozar de las relaciones y amistades. Nuestros hijos e hijas al participar en los espacios preparados en Casa Sulà -que dicho sea de paso son armoniosos y creativos- tienen contacto con su propio corazón, porque sus sentimientos y emociones son respetadas, cuando no se les obliga a dar manifestaciones de cariño: besos, abrazos y saludos a personas con las que no mantienen relación en la cotidianidad. También cuando no se les hace pedir disculpas o perdón, ya que siendo parte de un conflicto, que no entienden, porque no tienen nuestra lógica secuencial, temporal o formal.

En las primeras etapas infantiles el niño o la niña -por su estado natural de egocentrismo- el mundo es para él, -el sol sale para alumbrarle a él- no percibe todas las variables de lo que provocó un desencuentro o conflicto, no aceptan la situación de la otra persona. En ningún momento quieren causar daño a las otras personas, su esencia está matizada por la bondad, por eso para hacernos felices muchas veces niegan sus emociones, para así complacernos sentirse aprobados, -sustituto de la aceptación-. Ellos y ellas tienen su propia manera de interpretar el mundo la que corresponde a su estado de madurez.

En una ocasión un padre de familia preguntó: ¿no es prudente que el niño o la niña aprenda a pedir perdón ante sus propios errores frente a los demás?, ¿no es esto más sano? En principio en mi experiencia comparto, que si es la iniciativa del niño o la niña se acepta, porque corresponde a su sentir y al no estar mediado por el deseo de los adultos es un sentimiento auténtico. Por otro lado cave la pregunta, ¿creen ustedes que las disculpas resuelven el conflicto? En mi experiencia no he visto que esto surtiera efecto en las relaciones entre niños y niñas, especialmente si son obligados.

Recordemos que nuestros hijos e hijas han iniciado un proceso en el que sus vivencias están matizadas con referentes de respeto mutuo, si los observamos con más detenimiento notaremos, que ellos han empezado a relacionarse con otros parámetros. Un ejemplo claro, no hablan de castigos, sino de consecuencias, han aprendido a descifrarlo con mayor contenido emocional, por consiguiente con más empatía, son más compasivos con sus amigos y amigas.

Es un buen momento para la auto-reflexión. A este respecto ¿cómo estamos comunicándonos en la familia?, ¿estamos dando los pasos necesarios para caminar juntos con nuestros hijos e hijas en esta praxis de vida?, ¿estamos siendo auténticos con lo que creemos y hacemos o, estamos adornando con palabras bonitas, las formas tradicionales con las que fuimos educados? Muchos de nosotros, los adultos, vivimos y tenemos pésimos recuerdos de “las relaciones autoritarias” tanto en la casa como en la escuela. Tal vez por eso sentimos que un nuevo parámetro llámese como sea, reglas, límites y consecuencias-, está asociado al castigo, desde propuesta es un acuerdo para convivir en armonía.

Para mantener relaciones sociales con coherencia entre niños, niñas jóvenes y adultos en lo cotidiano, un buen comienzo es crear las condiciones favorables en la familia. Recordemos que siempre hay la oportunidad para hacerlo. La vida incluye un maravilloso mecanismo, la reestructuración.

Por: Esperanza Chacón
Orion-Casa Sulà
San Mateo-Costa Rica -Ag.2017

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