DESARROLLO PSICOMOTOR: LA EXPRESIVIDAD MOTRIZ – UN MODELO DE INTERVENCIÓN EN LA ETAPA INFANTIL. (Parte 1: Introducción y objetivos)

Written by Transformandonos
Aquí comienza el primer artículo de una serie centrada en el desarrollo psicomotor desde una perspectiva global que hace referencia al cuerpo del niño, su afectividad y su inteligencia. Vienen de la mano de Miguel Ángel Domínguez Sevillano, Psicomotricista especialista en Práctica Psicomotriz Aucouturier, Profesor titular de la UPV/ EHU Universidad del País Vasco, y formador y cofundador, junto con Bernard Aucouturier, de la Escuela Internacional Aucouturier ,EIA.
 Veremos cómo, desde esta globalidad, se crean espacios donde la infancia pueda expresarse en una actividad libre espontánea, acompañado por el educador/a, con la intención de respetar su proceso madurativo desde el nacimiento hasta los 7/8 años entendiéndolo como un recorrido que se extiende del placer de hacer al placer de pensar.
¡Espero que los disfrutéis!

 

DESARROLLO PSICOMOTOR: LA EXPRESIVIDAD MOTRIZ –

UN MODELO DE INTERVENCIÓN EN LA ETAPA INFANTIL.

Miguel Ángel Domínguez Sevillano

Profesor titular de la UPV/ EHU Universidad del País Vasco

Formador EIA

 

 

INTRODUCCIÓN

Proponer un modelo de intervención que aborde los planos que histórica y científicamente han sido observados aisladamente (afectividad, motricidad y cognición), es una tarea que exige de manera fundamental una metodología de intervención que supere el dualismo tradicional e interrelacione los tres planos mencionados. De tal modo, se respeta el itinerario de maduración que preside la vida del sujeto en sus primeros años.

Basándonos en estos supuestos, nos planteamos aplicar desde el mismo ámbito educativo, una serie de estrategias que implican una filosofía que habría de interpretarse como un intento de ayuda a los niños en una de las facetas más importantes del desarrollo del ser humano: la integración armónica de la personalidad del niño en la etapa infantil.

Favorecer un desarrollo armonioso del niño es, ante todo, darle la posibilidad de existir como persona única en el futuro, y por tanto, ofrecerle las condiciones más favorables para comunicarse, expresarse, crear y pensar.

Para nosotros hablar de Psicomotricidad es hablar de un estado de la persona; es hablar de una unión muy estrecha que existe entre el soma y todo lo que es del orden de la psiquis.

La plenitud de esta unión psicosomática se manifiesta en el niño hasta los 7/8 años; es la etapa de la globalidad, de la unión indisociable entre motricidad, afectividad y lo cognitivo; es la edad donde el niño se dice, expresa y descubre el mundo sin moderación, invistiendo todos los parámetros en su relación con el espacio, los objetos y las personas. Actualmente se admite que todas las relaciones que establece el niño con el mundo exterior están influidas, dominadas, mediatizadas por su historia afectiva profunda.

A esta manera original del niño de establecer relaciones con el mundo exterior bajo la dependencia de su afectividad profunda y más arcaica hemos convenido en denominarla expresividad motriz (Ex: poner en el exterior; presión: lo que está presionando en su interior), por la vía motriz, por la vía postural, por medio de su tonicidad, sus vivencias de placer o displacer, su voz, su mirada, en definitiva por su manera corporal de estar en el mundo.

La práctica psicomotriz intenta favorecer la expresividad motriz desde la más excesiva hasta la más inhibida. Vamos a partir de lo que el niño es, ajustándonos a él, canalizando, orientando su expresividad motriz en un recorrido madurativo que podríamos denominar “del placer de hacer al placer de pensar”.

En el curso de la evolución del niño observamos que sobre los 7/8 años la expresividad motriz ya no está en situación de privilegio; la pérdida sensoriomotriz en su relación con el medio es clara; el juego simbólico ocupa menos lugar en sus actividades; la emoción se encuentra ahora mucho más mediatizada por la expresión oral y gráfica. El niño gracias a su lenguaje adquiere la capacidad de distanciarse de lo que vive; habla de lo que ha vivido, de lo que vive, de lo que quiere vivir, mientras que antes sólo vivía.

  • El niño toma conciencia de que existe en el mundo teniendo un cuerpo, interesándose por la morfología, por su potencia física, sus posibilidades musculares, etc.

En función de estas observaciones sobre la evolución del niño, desarrollaremos la práctica psicomotriz del nacimiento a los 7/8 años y lentamente pasaríamos a una práctica corporal. (Esta práctica psicomotriz puede prolongarse con ciertos niños inmaduros o que presentan formas de evolución disarmónica).

A menudo se ha comprobado en algunos niños una evolución disarmónica que limitaba sus posibilidades de comunicación, creación y de aprendizajes de todo orden; y ello debido a que la expresividad motriz no se ha manifestado plenamente, ha sido restringida, a veces reprimida por un entorno que con frecuencia exige del niño un pseudominio corporal que no está conectado y enraizado en el placer de jugar, en el placer de comunicar; o bien porque la expresividad motriz ha sido excesiva, permaneciendo el niño sumido en emociones (desafecto, soledad, agresividad, inhibición) que no han podido ser vividas, dichas, canalizadas y orientadas en el tiempo requerido.

 

¿QUÉ OBJETIVOS PERSEGUIMOS?

a) Desarrollar la función simbólica:

Simbolizar es representar; el niño representa por medio de la vía del cuerpo y pone en escena a través del juego, a través de la acción, imágenes, toda una creación simbólica que va a favorecer la expresión de la persona del niño.

Este proceso de simbolización se acompaña del placer de comunicar. Comunicar es dar y recibir con placer. Comunicar es una necesidad vital para existir como sujeto. La comunicación supone el desarrollo de la función simbólica y fundamentalmente abre al niño las puertas del mundo exterior.

Si el niño vive acciones tales como saltar, girar, perseguir, construir, destruir… y los comparte con otros compañeros, intercambia sentimientos profundos, colabora en sus iniciativas, respeta el punto de vista del otro, sus proyectos y deseos, progresivamente estará menos centrado en sí mismo y podrá recibir y dar.

En un itinerario tranquilo buscamos que el niño pueda decirse a través de la acción. Para ello debemos privilegiar el aspecto corporal de la comunicación; permitir que afloren sus intereses y necesidades. En este sentido el cuerpo con todas sus manifestaciones es el exponente real de lo que el niño es y quiere expresarnos.

Ahora bien, es necesario matizar que el niño no puede permanecer eternamente en lo “no verbal”. Paulatinamente, de un modo progresivo vamos entrelazando gestos y palabras para preparar al niño en sus posibilidades creativas y conceptuales futuras. La comunicación debe ser entendida como el preludio a la descentración indispensable para la actividad operativa.

b) Ayudar al niño en la descentración:

La descentración es tener la capacidad de entender el mundo independientemente de los propios parámetros afectivos y emocionales. Es la capacidad de hacer la diferencia entre lo que pertenece al niño y lo que es el mundo exterior. Se produce un itinerario de maduración con el objeto de que el niño, llegado un momento, no vea el mundo exterior por un prisma deformado de sus emociones y de su pensamiento mágico, de tal modo que progresivamente sea capaz de analizar ese mundo exterior y acceda al pensamiento operatorio; de alguna manera es favorecer la capacidad de abstracción, es decir, tratar los acontecimientos exteriores independientemente de él mismo.

Indicar que un niño siempre será un niño, un ser de emociones y no podemos precipitar su maduración afectiva. A lo largo de un periodo extenso el niño vive invadido de emociones: transforma y deforma la realidad a su antojo para satisfacer sus necesidades; el niño necesita comprensión para lentamente atenuar esas emociones que le embargan. Cuando eso ocurre, el niño se va abriendo a una comprensión nueva del mundo que le ofrece caminos en que establecer nuevas relaciones por medio del análisis y la lógica. La descentración puede ser considerada como el punto de articulación entre lo afectivo y lo operativo: éste es el resultado de una perdida sensoriomotriz y afectiva, compensada con la ganancia de una abstracción plena y creativa.

c) Favorecer procesos de reaseguración

Nos podemos preguntar: “¿reasegurarse con respecto a qué?”. El niño vive un cierto número de malestares que nosotros mismos hemos vivido, que le acompañan en la infancia. La originalidad del niño es poder sobrepasar estos malestares a través del placer de jugar; es jugando que el niño atenúa y sobrepasa estos malestares. En este sentido la práctica psicomotriz tiene una función preventiva porque ayuda al niño en su maduración psicológica; ésta es la función preventiva de la práctica psicomotriz. No es una banalidad afirmar que todos los niños tienen problemas; sin estos problemas no habría crecimiento; es un motor esencial en su desarrollo. Siempre será aconsejable crear estructuras, espacios, tiempos, en los que el niño pueda canalizar y gestionar aquello que se presenta como un obstáculo en su maduración.

d) Estimular el placer de crear

Cuando el niño va a ejecutar una acción tiene intención de cambiar el mundo exterior. Toda acción es una interacción investida de afecto: “no puedo transformar lo que no tiene interés para mí”.

En un primer momento este interés se manifiesta de un modo brusco, ¿quizá agresivo?, ¿en otros niños de un modo más inhibido, suave? Hemos convenido en denominar a estos matices impulsividad motriz. La acción educativa consistiría en paulatinamente ayudar a dominar esta impulsividad motriz, irla suavizando, canalizando, de tal modo que el niño asuma la responsabilidad de sus actos, disfrute del placer de ese dominio y transforme el mundo exterior creando y viviendo esa experiencia necesaria. Este proceso crea un bienestar sensorial, tónico y afectivo que evoluciona hacia el placer de dar, compartir.

 

Imágenes extraidas de la página de facebook de la Escuela Internacional De Práctica Psicomotriz Pei-Eip Bilbao

 

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